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16/5/26

Quemar las naves


 

a Mario Benedetti

 

Soy el muerto,

el olvidado,

el polvo iridiscente ahorcado en la luz del crepúsculo,

el que junta palabras de una tristeza sola

como junta el viento indistintas hojas secas

en el otoño citadino de Mendoza.


No mires mi corazón,

mi corazón de brújula perdida,

porque su sangre de escasa tinta ocre,

corre en paralelas venas

verde cómo el musgo 

del olvido,

inútil

como la fe

de los suicidas.


Oh, amor


de pies pequeños

como

efímeras mariposas

golpeando el prístino cristal del tiempo.



Tus pies,

ovillos de blanca lana blanda

en la espera áspera del silencio,


ovejas de mis sueños

de un niño que no duerme.


La mañana de estío trago la única flor de nuestra pasada primavera cuando caminabas por la pieza, nerviosa, buscando la luz de la ventana. Yo no sabía cómo llamarte; entre mi paladar y mi lengua tu nombre se había perdido. Enciendo, tal vez, el último cigarrillo que me queda, entrecierro los párpados y las pestañas de mis ojos borran el espacio que me rodea en la habitación vacía.


¿No sé cómo llamar, allí, dónde estes?


Oh, silenciosa.


Oh, nostalgia mía:


Eres mi soledad,


la luz que en la capilla ardiente de mi alma deja su adiós de piedra,

la arena impostergable del tiempo,

el profundo mar donde todo se hunde con el peso imposible de los años,


donde los peces implacables del destino picotean la salobre carnada de las lágrimas.


Y ...


mi corazón se acostumbró al dolor,


mi corazón

de hojas muertas,

las que los viejos queman al borde de la calle,

se lo lleva de la mano el frío viento amarillo

del otoño.


Y…


Tu corazón 

tu maravilloso corazón,

tu luminoso corazón

mi amor


ya no me espera.





sábado 16526.


El arpa tartamuda.

 ©Gustavo Cavicchia. - Todos los derechos reservados. 


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