llevo esta muerte, ésta pobre muerte desnuda ya sin recuerdos,
dolida como una viuda joven, como esa pobre anciana,
que mira en su espejo, casi sin luz, la habitación vacía,
y busca un poco de algo en la nada, aunque sea, un último destello.
Tú, que pudiste nacer de pie sobre la tierra brava;
la tez de tu mejilla clara soberana también del frío áspero suelo.
¡Cómo te envidio! Espero perdones el temblor en mis ojos,
ese observar de pájaro sin árboles.
¡Perdona!
Soy algo que se apaga apenas en el aire por su propio peso.
Cobardía de haber nacido ciego al ronco rugir de un corazón mestizo.
Amigos;
brinden por mi alma indecisa antes de que se desvanezca la apócrifa bruma amanecida en el sol del mediodía.
¡Brinden, por mi alma quemada!
¡Oh, mi pobre alma ardida!
Soy como la arena que se deja caer lenta hacia el océano,
como la sed del agua que hace braza en el brote nuevo de la selva mustia,
o la salvaje piedra donde duerme el dócil animal azul del horizonte.
Y ahora, amigos,
voy con esta muerte prendida del ojal de mi chaleco,
como un clavel nocturnal preñado en oscura tinta agria.
Negra la sangre y la mirada.
Negra la esperanza.
Calada está hasta en el más blanco y pequeño de mis huesos,
irremediablemente y amada.


