Amigos

Amigos;
llevo esta muerte, ésta pobre muerte desnuda ya sin recuerdos,
dolida como una viuda joven, como esa pobre anciana,
que mira en su espejo, casi sin luz, la habitación vacía,
y busca un poco de algo en la nada, aunque sea, un último destello.

Tú, que pudiste nacer de pie sobre la tierra brava;
la tez de tu mejilla clara soberana también del frío áspero suelo.
¡Cómo te envidio! Espero perdones el temblor en mis ojos,
ese observar de pájaro sin árboles.
¡Perdona!

Soy algo que se apaga apenas en el aire por su propio peso.
Cobardía de haber nacido ciego al ronco rugir de un corazón mestizo.
Amigos;
brinden por mi alma indecisa antes de que se desvanezca la apócrifa bruma amanecida en el sol del mediodía.
¡Brinden, por mi alma quemada!
¡Oh, mi pobre alma ardida!
Soy como la arena que se deja caer lenta hacia el océano,
como la sed del agua que hace braza en el brote nuevo de la selva mustia,
o la salvaje piedra donde duerme el dócil animal azul del horizonte.
Y ahora, amigos,
voy con esta muerte prendida del ojal de mi chaleco,
como un clavel nocturnal preñado en oscura tinta agria.
Negra la sangre y la mirada.
Negra la esperanza.
Calada está hasta en el más blanco y pequeño de mis huesos,
irremediablemente y amada.

Quemar las naves


a Mario Benedetti 
[por el título y el final de este poema y por mi historia]

 

Soy el muerto,

el olvidado,

el polvo iridiscente ahorcado en la luz del crepúsculo,

el que junta palabras de una tristeza sola

como junta el viento indistintas hojas secas

en el otoño citadino de Mendoza.


No mires mi corazón,

mi corazón de brújula perdida,

porque su sangre de escasa tinta ocre,

corre en paralelas venas

verde cómo el musgo 

del olvido,

inútil

como la fe

de los suicidas.


Oh, amor


de pies pequeños

como

efímeras mariposas

golpeando el prístino cristal del tiempo.



Tus pies,

ovillos de blanca lana blanda

en la espera áspera del silencio,


ovejas de mis sueños

de un niño que no duerme.


La mañana de estío trago la única flor de nuestra pasada primavera cuando caminabas por la pieza, nerviosa, buscando la luz de la ventana. Yo no sabía cómo llamarte; entre mi paladar y mi lengua tu nombre se había perdido. Enciendo, tal vez, el último cigarrillo que me queda, entrecierro los párpados y las pestañas de mis ojos borran el espacio que me rodea en la habitación vacía.


¿No sé cómo llamar, allí, dónde estes?


Oh, silenciosa.

Oh, nostalgia mía:

Eres mi soledad,


la luz que en la capilla ardiente de mi alma deja su adiós de piedra,

la arena impostergable del tiempo,

el profundo mar donde todo se hunde con el peso imposible de los años,


donde los peces implacables del destino picotean la salobre carnada de las lágrimas.

Y ...

mi corazón se acostumbró al dolor,


mi corazón

de hojas muertas,

las que los viejos queman al borde de la calle,

se lo lleva de la mano el frío viento amarillo

del otoño.


Y…


Tu corazón 

tu maravilloso corazón,

tu luminoso corazón

mi amor


ya no me espera.



160526.


Gracias por creer que la poesía cambia el mundo.

La lluvia de ayer:



es igual a la lluvia de hoy,
es tan igual que no sabría
en cuál de las dos me estoy lloviendo.

Será qué el agua es siempre la misma.

Sé que llovió ayer
y sé que llueve hoy
pero mañana talvez si llueva
o talvez no llueva
o tengamos un sol tan radiante
como en enero, aunque estemos bien entrados en abril.

Por eso creo que vos sos como la lluvia,
porque tenes esos ojos de un color imposible y
tus cabellos son grises ya y
tu cuerpo corre entre mis dedos como el agua
de la lluvia.

Te acordas de ese poema,
el que una vez te regale,
el que decía:
hoy quiero vestirme de lluvia.

Yo sí me acuerdo.

Gracias por seguir junto a mí
bajo esta lluvia
que es de los dos
para que no volvamos a estar solos.

Mañana no importa mi amor,
el tiempo no existe,
el futuro es un invento de los cobardes.

Mañana llueve, como hoy,
como llovió ayer.

Y vos vestida de mí
y yo de vos.

Mi amor.



El amor es a la vida como el buen podador es a las rosas.

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